La Copa Mundial de la FIFA 2026 en Estados Unidos, Canadá y México se perfila como el torneo de fútbol más grande de la historia. Con 48 selecciones, 104 partidos y millones de aficionados desplazándose entre tres países y múltiples zonas climáticas, el evento también enfrenta un creciente escrutinio sobre su impacto ambiental y su resiliencia frente al cambio climático.
Aunque la FIFA ha destacado cada vez más sus compromisos de sostenibilidad en los últimos años, críticos y expertos advierten que la escala y la geografía del Mundial 2026 podrían convertirlo en uno de los eventos deportivos con mayor huella de carbono jamás organizados.
La expansión del formato incrementa considerablemente la complejidad logística. Equipos, oficiales, medios de comunicación y aficionados recorrerán miles de kilómetros entre ciudades anfitrionas que van desde Vancouver hasta Ciudad de México y desde Miami hasta Los Ángeles. A diferencia de anteriores Copas del Mundo concentradas en un solo país o región, la edición norteamericana dependerá fuertemente de vuelos de larga distancia y transporte aéreo doméstico.
Se espera que las emisiones derivadas del transporte representen uno de los mayores desafíos medioambientales del torneo. La aviación ya constituye una parte significativa de las emisiones asociadas al deporte global, y las enormes distancias involucradas en el Mundial 2026 intensifican las preocupaciones sobre el creciente impacto climático del fútbol.
El torneo también llega en un momento en que los fenómenos meteorológicos extremos son cada vez más frecuentes en América del Norte. Varias ciudades anfitrionas ya experimentan olas de calor más intensas, tormentas, sequías e incendios forestales vinculados al cambio climático.
El calor extremo emerge como una de las principales preocupaciones operativas. Ciudades como Dallas, Houston, Atlanta y Miami registran regularmente altas temperaturas y niveles elevados de humedad durante junio y julio, el periodo tradicional de la Copa del Mundo. Científicos y especialistas en salud deportiva han advertido cada vez más sobre los riesgos asociados a la competición de élite en condiciones de calor extremo.
El tema resulta especialmente relevante tras la experiencia reciente de la FIFA con la adaptación climática. El Mundial de Catar 2022 fue trasladado al invierno precisamente por las preocupaciones relacionadas con las temperaturas extremas del verano. Aunque la infraestructura de los estadios norteamericanos es generalmente más avanzada, el torneo de 2026 podría enfrentarse igualmente a decisiones complejas relacionadas con los horarios de los partidos y la protección de los jugadores si las temperaturas continúan aumentando.
Muchos de los estadios seleccionados cuentan con infraestructuras modernas, incluidos recintos cerrados, sistemas avanzados de refrigeración y redes de transporte público. Sin embargo, organizaciones medioambientales siguen cuestionando si las soluciones tecnológicas por sí solas serán suficientes para compensar la enorme huella climática del torneo.
El consumo de agua también podría convertirse en un tema central durante la competición. Varias regiones anfitrionas en Estados Unidos y México ya enfrentan presiones derivadas de sequías prolongadas y escasez hídrica. Mantener operaciones de estadios, zonas de aficionados y servicios de hospitalidad durante el verano podría aumentar aún más estos desafíos de gestión de recursos.
Al mismo tiempo, crece la presión sobre los organizadores para demostrar estrategias de sostenibilidad creíbles, más allá de depender principalmente de programas de compensación de carbono. Los grupos ecologistas son cada vez más críticos con los grandes eventos deportivos que afirman ser “carbono neutrales” sin lograr reducciones significativas y directas de emisiones.
La industria deportiva en general enfrenta crecientes expectativas en materia de responsabilidad climática. Clubes, ligas y federaciones internacionales son cada vez más presionados para publicar datos transparentes sobre emisiones, adoptar objetivos climáticos basados en la ciencia y reducir su dependencia de operaciones intensivas en combustibles fósiles.
Para la FIFA, el Mundial 2026 representa tanto un desafío como una oportunidad. La escala sin precedentes del torneo genera importantes riesgos medioambientales, pero también ofrece una plataforma para acelerar la innovación sostenible en el deporte global.
Entre los aspectos que probablemente recibirán mayor atención destacan las soluciones de transporte de bajas emisiones, las operaciones sostenibles en estadios, la integración de energías renovables, la reducción de residuos y una planificación más resiliente frente al cambio climático.
Algunas ciudades anfitrionas ya presentan el torneo como una oportunidad para invertir en infraestructuras urbanas más sostenibles y en mejoras del transporte público que puedan generar beneficios más allá de la competición.
La gran pregunta alrededor del Mundial 2026 probablemente vaya más allá del fútbol. A medida que el cambio climático impacta cada vez más los calendarios deportivos, la seguridad de los atletas y la planificación de infraestructuras, los grandes eventos internacionales se están convirtiendo en una prueba sobre cómo el deporte global puede operar en un futuro con restricciones climáticas y de carbono.
El éxito del torneo podría medirse no solo por las audiencias televisivas y la asistencia a los estadios, sino también por su capacidad para demostrar avances reales en sostenibilidad en un momento en que las presiones climáticas sobre el deporte continúan intensificándose.















