El trail running siempre se ha beneficiado de un relato poderoso. El de un deporte más libre, más sobrio y más auténtico, practicado en bosques, montañas y espacios abiertos en lugar de estadios de hormigón o infraestructuras diseñadas para el espectáculo. Su identidad se ha construido alrededor del contacto directo con la naturaleza: el clima, el terreno, la altitud, el silencio, la exposición y el movimiento a través de espacios salvajes.
Ese relato sigue funcionando extraordinariamente bien. Estructura las películas de carreras, las campañas de marketing outdoor, la comunicación de los destinos y el storytelling de los atletas. Alimenta la idea de que el trail running está, de alguna manera, más cerca de la naturaleza y, por tanto, es más compatible con ella que muchos otros deportes. Pero a medida que el trail running se convierte en una economía global del evento deportivo, esa idea empieza a ser más difícil de sostener.
Un deporte practicado en la naturaleza no es automáticamente bueno para la naturaleza.
En realidad, cuanto más se acerca una actividad a ecosistemas sensibles, mayor se vuelve su responsabilidad. Las carreras de trail no atraviesan paisajes neutros. Atraviesan hábitats, corredores de fauna, suelos frágiles, zonas de reproducción y entornos de montaña que ya soportan la presión del turismo, el cambio climático y una presencia humana cada vez mayor.
Durante años, el trail running se benefició de una ventaja visual evidente. Comparado con los deportes tradicionales de estadio, su huella parece más ligera. No hay grandes tribunas permanentes, ni focos masivos, ni superficies artificiales, ni infraestructuras cerradas construidas únicamente para el espectáculo. Como el decorado parece natural, el propio deporte suele percibirse como naturalmente sostenible.
Por eso, el debate sobre la sostenibilidad en el trail se ha centrado durante mucho tiempo en lo más visible: residuos plásticos, gestión de avituallamientos, vasos reutilizables, limpieza de recorridos o respeto de los senderos señalizados. Estas medidas importan y muchos eventos han avanzado de manera real en estos aspectos. Pero solo abordan una parte del problema.
Las cuestiones más complejas tienen que ver con la biodiversidad, la erosión, la alteración de la fauna, los sistemas de movilidad, el volumen de participantes, el diseño de los recorridos y la presión acumulativa creada por grandes eventos en entornos frágiles.
La iniciativa Sports for Nature, apoyada por organizaciones de conservación y organismos deportivos internacionales, recuerda regularmente que los eventos deportivos outdoor interactúan directamente con los ecosistemas naturales y pueden degradar hábitats o perturbar la fauna cuando los riesgos ambientales se evalúan mal. El debate no consiste en cuestionar la existencia del trail running. La verdadera cuestión es si el deporte está dispuesto a analizar honestamente su impacto en lugar de refugiarse en la imagen cómoda del “deporte de naturaleza”.
Uno de los mayores puntos ciegos del trail running es la diferencia entre impacto visible e impacto ecológico real.
Un sendero degradado se ve. Un marcaje olvidado se ve. Unas papeleras desbordadas se ven. En cambio, la alteración de la fauna suele permanecer invisible. Un ave que abandona una zona de nidificación, un animal que modifica sus desplazamientos o un hábitat que se degrada lentamente bajo una presión repetida rara vez producen imágenes espectaculares. Sin embargo, esos efectos pueden ser significativos, especialmente cuando las carreras regresan cada temporada a los mismos lugares.
Una carrera de trail concentra múltiples formas de presión en muy poco tiempo: pisoteo, compactación del suelo, erosión, densidad de espectadores, acceso de vehículos, presencia mediática, ruido, avituallamientos y, en algunos casos, drones o helicópteros. Cada elemento, por separado, puede parecer manejable. Pero cuando se combinan en el lugar equivocado, en el momento equivocado o a una escala excesiva, generan una ecuación ambiental completamente distinta.
El argumento de que “los corredores permanecen en los senderos” sigue siendo importante, pero insuficiente. Las investigaciones sobre perturbación recreativa de la fauna muestran que muchas especies reaccionan a la presencia humana mucho antes de cualquier contacto directo. Algunas aves, rapaces y grandes mamíferos pueden modificar su comportamiento a distancias considerables dependiendo de la época del año, la densidad de personas o el nivel de ruido. La perturbación no comienza únicamente cuando un corredor abandona el camino. También puede surgir de la concentración repetida de actividad humana.
La cuestión ya no es solamente si un recorrido es bonito, técnicamente atractivo o viable desde el punto de vista logístico. La verdadera pregunta es si el territorio puede absorber el evento sin degradación duradera. ¿Puede el entorno soportar ese número de corredores, espectadores, vehículos, avituallamientos y dispositivos mediáticos en esa época del año? ¿Pueden los ecosistemas locales tolerar una exposición repetida a eventos outdoor cada vez más grandes construidos alrededor de paisajes icónicos?
Esta cuestión se vuelve especialmente sensible en la montaña, donde el trail running ha construido gran parte de su identidad. Las crestas alpinas, los senderos de alta montaña, las zonas húmedas, los bosques y los valles protegidos no son simplemente escenarios para organizadores y marcas outdoor. Son sistemas vivos ya expuestos a la presión del turismo, las infraestructuras, el esquí, el senderismo, el ciclismo y la inestabilidad climática.
Una carrera realmente comprometida con las cuestiones ambientales no se limita a publicar mensajes sobre sostenibilidad. Toma decisiones difíciles. Modifica un recorrido. Evita una zona frágil. Limita el número de participantes. Restringe el acceso de espectadores. Elimina una secuencia con drones. Cambia una fecha para reducir la presión ecológica. Trabaja con gestores del territorio y expertos ambientales antes del evento en lugar de justificar sus decisiones después.
Estas decisiones no siempre son atractivas desde el punto de vista comercial. La sostenibilidad puede reducir comodidad, visibilidad y capacidad de crecimiento. Puede complicar la logística y frustrar a corredores que desean acceder a los terrenos más espectaculares. Pero si la sostenibilidad nunca modifica las decisiones operativas, termina siendo principalmente retórica.
La biodiversidad, sin embargo, es solo una parte del desafío ambiental del trail running. El otro gran tema son las emisiones de carbono, especialmente las relacionadas con los desplazamientos.
Durante años, las conversaciones ambientales en el trail se centraron sobre todo en lo que ocurría durante la carrera. Sin embargo, en los grandes eventos internacionales, la mayor huella ambiental suele llegar mucho antes de la salida.
Proviene del transporte.
El UTMB Mont-Blanc se ha convertido en uno de los ejemplos más claros de este cambio de conciencia. En su informe de huella de carbono 2024, el evento estimó emisiones totales de 18.600 tCO₂e, de las cuales el transporte representa el 88 % del impacto total. Los vuelos, por sí solos, concentran el 85 % de las emisiones relacionadas con los desplazamientos de corredores y acompañantes.
Estas cifras cambian profundamente el marco del debate. La cuestión ya no se limita a saber si los corredores utilizan vasos reutilizables o gestionan correctamente sus residuos. También incluye cómo llegan a las carreras, cuántos kilómetros recorren, si vuelan, cuántos acompañantes viajan con ellos y si los organizadores ofrecen alternativas de baja emisión realmente viables en lugar de limitarse a promover “comportamientos responsables”.
UTMB ha situado la movilidad en el centro de su estrategia ambiental. La organización afirma que quiere reducir sus emisiones de carbono un 20 % de aquí a 2030 y convierte ahora la política de transporte en un elemento central de su modelo sostenible. A partir de 2026, los corredores que cumplan determinados criterios de movilidad baja en carbono obtendrán un 30 % más de posibilidades en el sorteo de plazas, mientras que también deberán asumir una contribución de carbono calculada según las emisiones de sus desplazamientos.
Estas medidas pueden considerarse insuficientes o discutibles, pero reflejan un cambio cultural importante. La movilidad deja de ser un asunto periférico alrededor del evento y pasa a formar parte del modelo en sí mismo.
Esto revela una de las contradicciones centrales del trail moderno. El deporte celebra la proximidad con la naturaleza mientras depende cada vez más de desplazamientos de larga distancia para consumir experiencias outdoor icónicas. Los calendarios internacionales, el marketing de destinos, los contenidos de atletas y las redes sociales refuerzan la idea de que las experiencias más intensas suceden en otro lugar: más alto, más lejos y en escenarios más exclusivos.
Las marcas venden aspiración a través de paisajes excepcionales. Los organizadores convierten territorios en experiencias. Los atletas amplifican la visibilidad de las carreras icónicas. Las economías turísticas dependen del atractivo de estos eventos. Pero cuando la participación depende cada vez más de vuelos repetidos y una movilidad masiva, el relato ambiental del trail running se vuelve mucho más frágil.
Eso no significa que las grandes carreras internacionales deban desaparecer. Estos eventos pueden generar valor económico local, apoyar territorios de montaña, fortalecer la cultura deportiva y elevar los estándares de medición ambiental más allá de lo que suelen hacer las pequeñas organizaciones. Sin embargo, el sector ya no puede separar biodiversidad y emisiones de carbono, ni impacto ambiental local y sistemas globales de movilidad.
Una carrera de trail ya no empieza en el arco de salida. Empieza en el momento en que los participantes deciden cómo van a desplazarse.
Precisamente por eso, el futuro del trail running sostenible no puede descansar únicamente sobre la responsabilidad individual. Los corredores importan, pero no diseñan solos el sistema. Los organizadores crean incentivos. Los sistemas de clasificación influyen en los desplazamientos. Las marcas moldean el deseo. Las oficinas de turismo trabajan la atracción de los destinos. Los patrocinadores orientan la visibilidad. Las administraciones definen infraestructuras y accesos.
Si todo el ecosistema premia la escala, el prestigio y la movilidad internacional, resulta poco realista esperar que la responsabilidad ambiental repose principalmente en elecciones individuales.
El desafío es estructural.
Implica diseñar calendarios que reduzcan desplazamientos innecesarios, mejorar el acceso ferroviario, limitar la dependencia del coche alrededor de los eventos, integrar estudios de biodiversidad en el diseño de recorridos y cuestionar la idea de que crecer siempre significa atraer más participantes internacionales.
Eso también podría obligar al deporte a aceptar ciertos límites.
El trail running ha crecido vendiendo acceso: acceso a paisajes, emoción, logro personal y terrenos icónicos. La responsabilidad ambiental podría obligar ahora a organizadores y marcas a reconocer que algunos entornos no pueden soportar una exposición ilimitada sin consecuencias.
Esta transición no será sencilla para un deporte construido alrededor de la libertad, la exploración y la expansión. Pero la credibilidad del discurso ambiental del trail dependerá cada vez más de su capacidad para ir más allá de los gestos simbólicos y afrontar la realidad operativa de su impacto.
Nada de esto obliga a convertir a los corredores en culpables. El trail puede generar un vínculo real con los paisajes y fortalecer una cultura outdoor sólida. Puede apoyar economías locales, financiar clubes y fomentar una relación más profunda con los espacios naturales. Pero el apego emocional no reduce automáticamente la presión ecológica.
Una carrera puede inspirar a miles de personas y, al mismo tiempo, contribuir a la alteración de hábitats, la congestión de valles y grandes emisiones relacionadas con los desplazamientos. Una marca puede celebrar lo salvaje mientras sigue dependiendo de la explotación comercial de esos paisajes. Un corredor puede amar sinceramente la montaña y aun así contribuir a la presión creciente que soporta.
La próxima generación de eventos creíbles no se definirá por la sofisticación de su discurso sostenible. Se definirá por su capacidad para hacer visibles decisiones difíciles: menos vuelos, menos coches, mayor transparencia carbono, evaluaciones ecológicas más rigurosas, recorridos más controlados y una verdadera disposición a modificar formatos cuando los territorios lo exijan.
El trail running no necesita renunciar a su identidad para volverse más responsable. Pero un deporte que construye toda su imagen alrededor de la naturaleza ya no puede tratar el impacto ambiental como una cuestión secundaria. Su credibilidad futura dependerá de las pruebas que esté dispuesto a aportar.















